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19 noviembre, 2019
Columnas

Muertos

Uno, que no es mexicano, siente cierto desasosiego cuando en la semana en que hemos sido felices, hemos reído, hemos comido y compartido pan de muerto, hemos disfrutado viendo las catrinas, montando el altar de muertos, y explicando a nuestros amigos no mexicanos cómo es la muerte en México y cómo se vive, de pronto, una familia del norte de México es acribillada, quemada viva, reventada a balazos, simplemente por su activismo en contra la violencia.
Con mi frase anterior he dicho casi todo lo que siento. No sé si añadirle algo, escribirlo, pueda poner luz a esta maraña de ideas que me llenan la cabeza y que desconectan progresivamente unos hilos neuronales tejidos durante una semana por la cultura popular, la devoción, el concepto familiar, la ilusión por el retorno de los muertos, la tradición, el colorido, el olor del copal, las flores, el recuerdo hermoso de los que se fueron. La muerte, cuando llega como a los niños LeBarón, es de una brutalidad tal que arruina lo vivido.
México, como cualquier país, se ha construído durante siglos sobre un mar de sangre, conquistas, batallas, crueles pandemias, hambruna, tierras yermas, plagas y miserias. Sus tradiciones, como la del Día de Muertos, patrimonio de la Humanidad, son hoy en día exportadas como forma valiosa de entender un mundo, unos hombres y mujeres, y una actitud frente a la muerte, fruto de esta historia de sincretismo  y diversidad. Maravilloso.
Pero aunque la catrina se vista de flores, y los niños LeBarón ya tengan a estas horas sus altarcitos de muerto repartidos por el país, y las calaveritas con sus nombres sean bálsamo donde ahogar el sentimiento y recordar su inocencia, que no olvide el país que fueron quemados vivos y acribillados junto a sus madres. Que no olvide el país que la Guardia Nacional tardó tres horas en presentarse donde ardían calcinados sus huesitos. Que no olviden los mexicanos que la incompetencia de autoridades, la connivencia y corrupción policial y política, la hipocresía de los de más al norte y el mirar a otro lado de algunos de Uds. que no quieren líos también hechó gasolina al coche.
Ahora vayan y ponganles su altarcito.

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